Dolores Incurables
Por Juan Ignacio De La Carrera San Román
Me levanto todos los días a las cinco de la mañana, y me alisto para salir a trabajar. El camino es largo. Está iluminado por una seguidilla de faroles que alumbran el camino que debo llevar hasta que llego a la primera estación.
Empieza el trabajo, a las seis de la mañana, y en mí abordan alrededor de seiscientas personas, cosa que antiguamente ocurría por un lapso de dos horas. Se siente la angustia de muchos pasajeros, que alegan por más espacio para poder estar entre ellos; se perciben las quejas de las mujeres que son abusadas por personas sin principios morales, y puedo sentir como muchos pasajeros caen en mi espalda, abatidas por un desmayo por la falta de aire. El trabajo se hace insoportable. Son las diez y media de la mañana y todo sigue igual; el flujo de personas no baja y mi espalda ya comienza a sentir los primeros dolores producto de la cantidad de almas que me utilizan.
Siento las quejas de los pasajeros al terminar mi recorrido, y me pregunto ¿Será culpa mía que la gente se baje enojada, furiosa y gritando que el servicio es malo?, o ¿La culpa la tienen las personas que hicieron este proyecto, y no se dieron cuenta de que esto iba a suceder?
Las siete de la tarde y mi espalda comienza a quejarse nuevamente. Esto ya no puede ser, hay una gresca en la estación Los Héroes por culpa de un hombre que no respetó a la gente que iba que iba saliendo. El ambiente está caldeado y se respira una tensión que provoca angustia y deseos de llegar rápido a nuestros hogares.
Mi espalda ya no puede más. La cantidad de usuarios que transporté hoy superó sustancialmente a los que llevaba el año pasado en esta misma época. Son las once y treinta, y por fin se acabó el día. Llego a mi casa, amargado, sin ganas de nada, con la única intención de tirarme encima de mi cama y dormir, solamente dormir.
Los dolores se hacen insoportables y ya no puedo más. Trato de estar en la misma posición toda la noche. No he podido dormir, y cuando ya estoy relajado, suena el despertador. Otro día más de desazón, de dolor, de quejas que me tienen triste. Pero no tengo la culpa.
Son las cinco de la mañana y comienza un nuevo día…
domingo, 22 de abril de 2007
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